La vida y la misión continúan con fuerza en lo que es simple y familiar para nosotras. Es en los gestos cotidianos donde se sostiene nuestra misión como Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor: allí donde el servicio, la cercanía y la compasión no dependen de grandes acontecimientos, sino de gestos diarios que transforman la vida de muchas personas.
Para Madre Antonia, la misión no era solo una obra estratégica, sino una entrega amorosa en lo diario. Ella misma decía que veía en cada mujer la “imagen del Redentor”, invitándonos a descubrir en cada historia humana la dignidad y la esperanza que Dios quiere iluminar.
Hoy, esta misma lógica sigue viva en los pequeños actos de cada día: en una palabra amable que acompaña un momento difícil, en un silencio compartido que trae consuelo, en la escucha profunda que reafirma dignidad o en una sonrisa que ilumina una jornada cualquiera.
Estos gestos, aparentemente “pequeños”, son en realidad permanecer con respeto, construir confianza y caminar junto a quienes confían en nosotras. En cada día hay un encuentro que valió la pena, una historia de esperanza compartida y una oportunidad para ser luz.








