Este 20 de febrero, con motivo del Día Mundial de la Justicia Social, la Familia Oblata reafirma su misión de ser cauce de esperanza y transformación. En un mundo marcado por la desigualdad, recordamos que la verdadera justicia es el compromiso diario de restaurar los derechos y la dignidad de las mujeres en contextos de prostitución y víctimas de trata.
Está jornada, impulsada por Naciones Unidas, se celebra este año bajo el lema: “Empoderar la inclusión: reducir brechas”. Nos invita a reflexionar sobre la urgente necesidad de cerrar brechas. La pobreza, la falta de oportunidades y la violencia estructural siguen siendo el caldo de cultivo donde se vulneran los derechos humanos más fundamentales. Como congregación, somos testigos directos de cómo estas injusticias golpean a las mujeres, empujándolas a los márgenes y silenciando sus historias.
Sin embargo, nuestra experiencia nos confirma que la transformación es posible. Nuestra justicia social nace de la cercanía, la acogida y la escucha. No se trata solo de ofrecer recursos, sino de caminar junto a la mujer. De reconocer su protagonismo y su capacidad de resiliencia. Es lo que nuestra fundadora, Antonia María de Oviedo, soñó como una “pedagogía del amor” que no juzga, sino que abre puertas a nuevas posibilidades de vida.
“La justicia social es el nuevo nombre de la paz. No podemos conformarnos con la beneficencia; estamos llamadas a transformar las estructuras que generan exclusión y a ser voz de quienes no son escuchadas”.
Durante este periodo de Cuaresma, esta jornada nos recuerda que nuestra espiritualidad no puede desligarse de la realidad social. Orar y trabajar por la justicia son dos caras de la misma moneda. La Familia Oblata se convierte hoy en un espacio de denuncia profética y anuncio de libertad, tejiendo redes de solidaridad que sostienen la vida y devuelven la esperanza.








