El 16 de marzo de 1822, en la ciudad de Lausana (Suiza), nacía una niña que con el tiempo se convertiría en signo de esperanza para muchas mujeres: Antonia María de Oviedo y Schönthal. Hija de madre suiza y padre español, en el bautismo recibió los nombres de Antonia María Victoria Juana.
Dios fue guiando su vida de manera silenciosa pero firme. Con una fe profunda y un corazón sensible ante el sufrimiento humano, Antonia supo escuchar el clamor de quienes vivían en los márgenes de la sociedad.
Entre ellas estaban muchas mujeres atrapadas en la dura realidad de la prostitución. Ante esa situación, Antonia no permaneció indiferente. Decidió consagrar su vida a Dios y dedicarla a ellas, ofreciendo acogida, cercanía y nuevas oportunidades.
Su misión fue sencilla y, al mismo tiempo, profundamente transformadora: acoger, acompañar, formar y devolver dignidad a mujeres que necesitaban una nueva oportunidad para comenzar de nuevo.
Con un corazón lleno de misericordia, Antonia abrió caminos de esperanza y futuro para muchas vidas.
Hoy, 204 años después de su nacimiento, su legado sigue vivo. Su ejemplo continúa inspirando a quienes creen que la misericordia, la acogida y la dignidad pueden cambiar el mundo.








